Todos conocemos los beneficios de la lactancia materna. Es el alimento perfecto para el bebé y un estímulo clave para el desarrollo de su boca y su cara. Pero también sabemos que no siempre es posible. Ya sea por decisión personal o por circunstancias que escapan al control de la familia, hay ocasiones en las que el biberón se convierte en la primera (o única) forma de alimentación.
Y eso también hay que contarlo. No para culpabilizar, sino para informar y prevenir.
¿Qué tiene que ver el biberón con la salud bucodental?
Cuando el bebé no mama del pecho, su boca y su musculatura orofacial no se desarrollan del mismo modo. La succión al pecho requiere esfuerzo y activa de forma natural la lengua, los labios, la mandíbula y otros músculos esenciales para el crecimiento armónico de la cara.
Durante la lactancia materna:
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La lengua se mueve hacia el paladar, moldeándolo.
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La mandíbula avanza y retrocede con el esfuerzo de succión.
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Se estimula el crecimiento anteroposterior del maxilar inferior, que en todos los recién nacidos es pequeño y retraído (una condición normal que facilita el parto).
En cambio, el uso del biberón no proporciona este tipo de estímulo funcional, lo que puede repercutir a medio o largo plazo en:
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El desarrollo de los maxilares.
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La forma del paladar.
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La función de la lengua.
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Y en algunos casos, en la respiración y la deglución.
¿Qué puedes hacer como madre o padre?
Si tu bebé se alimenta con biberón —por elección o por necesidad— lo ideal es realizar una primera revisión con el odontopediatra antes de los 3 años. Incluso si optaste por la lactancia materna, pero hubo dificultades con el agarre, problemas funcionales o no fue una lactancia eficaz, esa valoración temprana también es muy recomendable.
Detectar a tiempo posibles alteraciones en el desarrollo orofacial es clave para aplicar intervenciones preventivas, sencillas y eficaces que ayuden a guiar el crecimiento de manera saludable.
En resumen:
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No es cuestión de elegir entre teta o biberón como si fuera una batalla.
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Lo importante es informar y actuar a tiempo, con revisiones tempranas que permitan acompañar el desarrollo natural de la boca y la cara de los más pequeños.
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La prevención empieza en los primeros meses… y puede marcar la diferencia en el futuro.
